Tan pronto como inició, terminó el semestre. Probablemente fue el más intenso de la maestría, no solo por la cantidad de trabajo, sino también por el desgaste emocional que nos provocó a mis amistades y a mí. Ninguno de nosotros salió siendo la misma persona de este tercer semestre, pero tampoco salimos solos. Con cada desafío, los lazos que nos unen se fortalecieron. Unidos en la adversidad, enfrentamos muchas adversidades personales juntos. Como parte de mi paso por la maestría, se me requirió colaborar con el INAH, y de esa experiencia surgió una amistad inesperada. Conocí a un estudiante de intercambio de Brasil, tras varias largas y amenas charlas, terminamos descubriendo que teníamos mucho en común: desde el rechazo hacia las prácticas mineras hasta la pasión por la fotografía. Hicimos un pacto de usar cámaras analógicas en los recorridos a sitios históricos que realizamos, lo que inesperadamente nos llevó hasta a una cruzada para reactivar un laboratorio de fotografía. Gracias a esto, tuve la oportunidad de revelar mis primeras fotos analógicas. Es curioso cómo, en una época tan predominantemente digital y superficial, la fotografía analógica representa el opuesto absoluto, ya que su producto final es un objeto único e irrepetible, ya sea la foto o el mismo negativo. Esta experiencia ha reavivado mi interés casi perdido por la fotografía y estoy decidido a seguir explorándola. El próximo semestre será uno de despedidas, mi amistad de Brasil llegará a su fin, se marcha en enero y se niega a usar redes sociales, cosa que en verdad admiro, por lo que temía que se pudiera convertir en un recuerdo más, Sin embargo, ahora no me importa tanto, ya que si algo aprendí en estos últimos meses, es que "o mundo é um ovo" y estoy seguro de que nuestros caminos volverán a cruzarse.
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